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Buscando el Paraíso
Últimamente, en muchos lugares, un ciudadano que no es antigobierno, no puede ser otra cosa que oficialista. Quien no maltrata a Guillermo Moreno, quien no difunde un chisme sobre la Presidenta y su predecesor, el marido, seguro que es peronista, y peronista de los malos. Que es como cargar con el peso de apoyar a una fuerza de ocupación enemiga o a un poder ilegítimo y totalitario. Les resulta imposible que alguien presuntamente blanco, occidental y cristiano no sienta un rechazo carnal, espiritual, social e ideológico hacia el kirchnerismo. Cuando me pasa esto y me preguntan con recelo republicano por qué estoy con este Gobierno, en vez de aclararles que la aseveración corre por cuenta de ellos, les devuelvo otra pregunta: ¿Por qué no debería estarlo? y por más que espere argumentos para empezar a discutirlos o a refutarlos, sólo encuentro respuestas totalmente inconsistentes. Aun si les dijera, casi con inocencia política, que estoy a favor sólo porque aprecio la política de derechos humanos, me contestan: “Sí, porque así disimulan que no les importó en el pasado”. Los negadores se plantean este oxímoron: “Hasta cuando dice la verdad el Gobierno miente”. Bueno, también: “La oposición, a la verdad, la desmiente. Y si desmiente la verdad, miente”.Los que más mienten son los que con total desparpajo responden a preguntas acerca de qué va a pasar en el mundo ahora: “Dígame, doctor o licenciado -les pregunta el entrevistador mediático-. ¿Qué diagnóstico tiene para la crisis?” Y los ignorantes, en lugar de decir como Sócrates, sólo sé que no sé nada, o “Qué sé yo: si no supe cuándo venía, menos voy a saber cuándo se va”, se ponen a melonear recetas y planes y a conjeturar consecuencias y soluciones en abstracto, como si supieran. La economía, la política, el fútbol (también el tenis), la inseguridad y la teología dan para todo, la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, de la que todos discuten con denominaciones como: “ley de medios”, “ley k de medios”, “ley de medios k”, etc., que no solamente no la han leído sino que no saben, ni que titulo tiene. Cómo cuesta decir que no se sabe. Una vez le preguntaron a Borges acerca de Cien años de soledad, de García Márquez, dijo: “No lo conozco, no sé de astronomía, no sé de botánica...”. Confesar la ignorancia así es un acto de sabiduría. Además de deslizar ahí la ironía: ya que si hay una literatura donde sobran estrellas y bosques es en ese libro del colombiano. Si esta sinceridad se aplicara con frecuencia, esta sociedad seria mucho más transparente. Cualquiera sabe que en cualquier sobremesa, en un taxi o en una cola siempre hay un charlista que se propone resolver los problemas del país y del mundo. Es fácil reconocerlos porque enseguida tienen en la boca esta frase: “En este país, lo que hay que hacer...”. Atrevidos. Lo que hay que hacer es ponerte un esparadrapo en la boca. Y lo que habría que hacer es cobrar un impuesto por palabra malgastada.”En uno de sus poemas, el gordo Federico Peralta Ramos resumía su naturaleza argentina con este verso: “A mí me gusta acá”. A mí también. Si un día me asaltaran, me consolaría pensando que mejor acá que allá, donde los robos son de tipo mayorista. Sé que últimamente hay gente atacada por el síndrome de que este país es una porquería. Hay quienes dicen que es una mierda y son tan idiotas que viven aquí con sus hijos y nietos y no se dan cuenta de que los incluyen. Deben tener alguna mitología oscura incrustada en el lóbulo insatisfecho. Nuestro país -y no este país- no es una porquería. Por más que haya muchos que lo digan por seguir con el ingrato rito trasmitido por amargos de distintas generaciones. Pensar así es la creencia mediocre del que quiere adjudicar su fracaso, sus malos amores y sus malos sueños al país en el cual vive. Entonces, elige como culpable a los gobiernos. Los haya o no los haya votado. Por eso tiene eternos arranques de irse a sitios donde haya un hipotético orden y una sociedad civilizada. ¿Pero a dónde? Nadie va a querer emigrar justo ahora, porque para elegir un lugar a salvo hay que extender el mapamundi, cerrar los ojos y poner el dedo a la bartola en cualquier punto. Si hasta los jugadores de fútbol ganan plata allá, pero se vuelven. A ver si van a encontrar un productor de soja que quiera irse. O una bailarina de Tinelli. ¿A dónde van a ir a bailar?, ¿a Camboya? No hay país mejor que el nuestro. Tenemos que agradecer que gente como uno tenga un lugar que no siempre se merece. Hay cada argentino protestón que ganaría todos los torneos de histeria. En el libro Guinness de Récords acaba de entrar el hombre-horno rosarino que se asa y no se quema. Los que deberían figurar son esos argentinos necrofílicos que se calientan más hablando de los muertos que de los vivos. El periodismo audiovisual agudiza esa patología. También está el que mientras rezonga, diciendo que el país es una porquería, calcula que con lo que le rebaja de sueldo al que corta el ligustro puede instalar un plasma en el quincho. No maldigan con el bocado en la boca. O con el estómago tan lleno que pide Hepatalgina. Buscar el Paraíso en otra parte, o emigrar, es al pedo. Para perder no hay como quedarse en el barrio. A mí me gusta acá.
Prof. José Manuel Fernández
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